Historia

Es imposible comenzar a hablar de “Esperanza Nuestra” sin referirse primero a su fundador, el P. Aldo Giachi Bertelli, s.j.

FUNDADOR
padrealdoPadre Aldo nació el 11 de abril de 1927, un viernes santo, en un pequeño pueblo, llamado Stia, cerca de Florencia, Italia. Cuando tenía 5 años, perdió a su madre en un accidente (un disparo de fusil). Años después, su familia se fue a Roma y su padre se casó nuevamente; de este matrimonio nació otra niña. Tenía 2 hermanas. Más adelante, su padre enfermo de cáncer y murió. La familia se dividió: Padre Aldo se quedó con unos tíos en Roma, una hermana permaneció con su mamá y la otra con unos tíos en Toscana.

Cuando tenía 18 años, decidió entrar a la Compañía de Jesús para ser sacerdote, pero un año después tuvo que volver con los tíos para operarse de una úlcera gástrica. Luego regresó al Noviciado y continuó sus estudios.

En el año 1949, a los 22 años, mientras estaba de vacaciones en la montaña, se dio cuenta que una rodilla se le doblaba. En otra ocasión, mientras tocaba el piano, notó que el pulgar de su mano derecha ya no tenía fuerzas. Le hicieron diferentes exámenes y radiografías, que dieron como resultado un tumor medular cervical. El pronóstico fue: lento empeoramiento hasta llegar a la muerte en un período de seis meses. Pero Padre Aldo se negó rotundamente a morir. Para admiración de todos, continuó luchando y estudiando, en su cama, con la ayuda de sus amigos para poder realizar su sueño de convertirse en sacerdote y dedicar su vida a Dios y al servicio de los demás.

En 1951, Padre Aldo queda tetrapléjico y en una silla de ruedas. Posteriormente, pide al Papa Pío XII, ser ordenado sacerdote, quien le otorga un permiso especial, pensando que pronto iba a morir. El 5 de febrero de 1957, fue ordenado sacerdote por el Obispo de Frascati.

En el año 1958, en una peregrinación de sacerdotes enfermos a Lourdes, Padre Aldo conoció a Luciana Bucci, quien llegaría a ser una de las primeras personas que colaborarían con él en la realización de su futuro sueño. En esa época, P. Aldo vivía en Mondragone, pueblito cerca de Roma, en donde los Padres Jesuitas tenían un Colegio. Su tarea era la de Director espiritual de los alumnos. También trabajaba como sacerdote en un movimiento religioso de discapacitados y, además, pertenecía a un sindicato de personas con discapacidad. A menudo, participaba en protestas en el centro de Roma para pedir leyes más justas, jubilación y trabajo para los discapacitados.

En el año 1962, sus superiores decidieron enviarlo a un Centro de Rehabilitación para Inválidos de Guerra, para recuperar sus fuerzas y, al mismo tiempo, dar una mano como Capellán. Al principio, no aceptaron a “este cura”, que venía a entrometerse en sus asuntos. Pero cuando lo conocieron mejor, se dieron cuenta que era “un cura choro” (luchador), empezaron las bromas y nació la amistad, la confianza y un gran afecto hacia él.

Posteriormente, Padre Aldo, seguro de que no moriría, como se lo habían pronosticado los médicos, decidió cumplir un sueño que tenía desde niño: ser misionero en América Latina. Y comenzó a prepararse: aprender un poco de español, juntar plata para los pasajes y solicitar los permisos a sus superiores, incluso al Superior de la Compañía de Jesús, el Padre Arrupe. También habló con el Provincial, en Chile, el P. José Aldunate y con el Cardenal Raúl Silva. Todos decían que estaba “loco”; también lo decía el P. Josse Van Der Rest, quien, con el tiempo, se convertiría en un gran amigo y lo apoyaría en muchos de sus proyectos.

OBRA

En el año 1968, el 11 de abril, día en que cumplía 41 años, mientras algunos médicos decían “déjenlo morir en paz”, Padre Aldo viajaba a Chile. Ya en nuestro país, se dedica a la Capellanía en el Hospital Del Salvador. Allí visitaba, sala por sala, en su silla de ruedas, a los enfermos, llevándoles la comunión; los escuchaba con cariño, entregándoles toda su atención y preocupándose de los problemas que cada uno tenía, para tratar de ayudarlos. También les animaba y contagiaba su alegría de vivir, dándoles un mensaje de esperanza en medio del dolor.

padrealdo2Mientras cumplía su función de Capellán, Padre Aldo conoció a algunos discapacitados (Elia Tobar, Ranulfo Silva), con quienes inició el primer Grupo del Movimiento de Personas con Discapacidad, en un sector de la ciudad de Santiago, llamado El Salto (julio de 1969), comenzando de esta forma a cumplir la misión que lo trajo a Chile: unir a las personas con discapacidad más abandonadas, ya fuera en lo material como en lo espiritual, para recuperar la  dignidad como personas e hijos de Dios, con los mismos derechos y deberes que el resto de la sociedad. Luego se fueron formando nuevos Grupos en otros lugares de Santiago, como San Bernardo, Puente Alto, Maipú, etc. El Padre Aldo decía: “……nosotros, en el Movimiento, nos apoyamos unos a otros como en una FAMILIA. Organizamos a los discapacitados en torno a una Parroquia o Capilla y, mensualmente, nos reunimos los encargados para planificar el trabajo de rehabilitación……”

En el año 1970, el Padre Aldo comienza a concretar otro de sus objetivos: satisfacer las necesidades materiales que tenían las personas discapacitadas (pues él consideraba que la ayuda social debía, en algunos casos, llegar primero que la espiritual), a través de un lugar de acogida, hecho realidad gracias a la donación de un terreno, por la familia Infante, en la comuna de Maipú. Allí se comienza la construcción del futuro Centro “Esperanza Nuestra” con la postura de la primera piedra, la imagen de la Virgen de Fátima, y unas casas de madera donadas por el Hogar de Cristo. Llegan a vivir a ellas, el Padre Aldo y Floriana Del Monte, una voluntaria italiana. Luego comienzan a llegar los primeros residentes discapacitados (Magaly Haddad, Juanita Carrillo, Lidia Inostroza, Violeta y Sergio Saá, Juan Meléndez y Luis Raveau), quienes encontraban allí el hogar que no tenían o que habían perdido, empezando a sentirse personas útiles a la sociedad, queridos, acogidos, acompañados. Éste lugar sería también la sede central del Movimiento Cristiano de Personas con Discapacidad, en donde, mensualmente se reunirían los Responsables de los distintos Grupos para conversar sobre la situación de los discapacitados del país y la forma de apoyarse, descubriendo el sentido del dolor, a través de un apostolado hacia los hermanos o “colegas” (como decía el Padre Aldo). En estas reuniones fueron surgiendo ideas y se crearon instancias de ayuda, llamadas “Operaciones”, por ejemplo: Operación Compartir (entrega de alimentos, ropa u otros a quienes lo necesitaban), Operación Silla (entrega de sillas de ruedas con pequeños aportes mensuales, quienes podían), Operación Forro (ayuda para forrar piezas).

Con el apoyo de numerosos colaboradores católicos, chilenos y extranjeros, esta obra fue creciendo. Se iniciaron las nuevas construcciones, llegaron más internos y el Centro fue mejorando en servicio con la llegada de nuevos voluntarios.

Como un apoyo jurídico, en el año 1974 se constituye la Fundación Centro “Esperanza Nuestra”, institución de derecho privado, sin fines de lucro, en cuyos estatutos se establecen los objetivos y fines de ésta. Dentro de su Directorio, formado por siete personas, al menos dos de ellas deben ser integrantes del Movimiento Cristiano de Personas con Discapacidad.

El 21 de julio de 1989, fallece el Padre Aldo, dejando sembrada una semilla, tanto en los integrantes de los 14 Grupos que había en el Movimiento en ese momento, como en las personas que entregaban su servicio a quienes eran acogidos en el Centro. La muerte del P. Aldo, además del tremendo dolor y vacío que produjo en toda la familia “Esperanza Nuestra”, hizo dudar del futuro de su obra, pues él lo dirigía todo y no existía una estructura ni reglamento con pasos a seguir en una situación como ésta. Luego de un período de reflexión entre las personas discapacitadas integrantes del Movimiento, voluntarios, colaboradores, directores y la llegada del nuevo Capellán, el P. Renato Poblete Ilharreborde, se decide continuar trabajando, de acuerdo a los ideales que nos dejara nuestro fundador. La semilla que sembró el Padre Aldo cayó en tierra fértil y comenzó a dar sus frutos. Encabezado por un equipo que se encarga de mantener viva la espiritualidad, el Movimiento sigue creciendo y realizando su misión evangelizadora.

Al mismo tiempo, después de la muerte del Padre Aldo y tras un período de discernimiento (sugerido por él, muchas veces), en el año 1991, el Centro cambia, de un hogar de acogida a un centro de rehabilitación con una atención más específica, de acuerdo a las necesidades del momento, dedicándose, especialmente, a los lesionados medulares. Aquí, a las personas que ingresan se les entrega un completo servicio de rehabilitación integral, personalizado, a través de un equipo multidisciplinario, para que asuman, en forma positiva, su nueva forma de vida como personas con discapacidad, capaces de enfrentar los nuevos desafíos de la sociedad.

Analizando las nuevas necesidades de las personas con discapacidad, la Fundación crea un nuevo Programa, denominado Apoyo Habitacional, que funciona en dos Comunidades de Vida Independiente, destinado a quienes tienen problemas habitacionales.